Pensó en El mientras se miraba al pasar, en las vidrieras.
El piercing brillaba justo al borde de su labio inferior. Con un destello que la transportó a la felicidad de los lejanos días en que papá y mamá aún estaban juntos.
Antes de mostrarle lo bello de su piercing: largo rato quedó asombrada por los progresos en la patineta, cómo se deslizaba el chico de cabellos enrulados por la bajada de autos, con qué agilidad y gracia; tanto que hacía abrir enormes ojos de admiración y le daban ganas de abrazarlo y besarlo muchas veces.
Se quedó allí, del otro lado, en la complicidad del saberse no visible.
La tarde acariciaba la cintura suave como de peluche; se sentía segura en el pantalón de jean, la remera nueva y el cabello con aroma a shampoo.
Esperó el momento antes del encuentro experimentando la sensación de millones de mariposas en el estómago y deslizó fantasiosamente cada vello de su cuerpo por los brazos, la curva de la espalda, el hoyuelo del mentón; pensar que mientras giraba en la patineta, absorto, ni pensaba en que lo estaba observando.
Sería hermoso recostarse juntos en el césped del parque, compartir la gaseosa y que El la invitara a bailar.
Le había dicho “me gustás” cuando salían del colegio, “tenés ojos color lluvia”.
Hoy se sonrojaría de nuevo casi sin atreverse a percibir sus ojos, de caramelo, pero lo deslumbraría con el piercing; ¿Cómo sería besarse por primera vez?
El instante aquel se volvía eterno, deseaba alcanzarlo, cruzar hasta la otra orilla. Esbozó la sonrisa de un ángel, no supo dónde poner las manos y se arregló el pelo sobre la frente; pero de pronto, la bomba de Hiroshima, la tempestad más cruel, la guerra de Troya, estallaron entre los dos, separándolos irremediablemente.
A su mente volaron los peores días: la muerte de la abuela, el aplazo en matemáticas, la palabra divorcio resonándole como vidrios rotos, el precioso anillo de sus 16 años perdido en las vacaciones.
La “linda” de la escuela, para colmo en minifalda, lo enredaba entre risas y ronroneos. La patineta quedó inmóvil en un charco de sol, el hoyuelo se escondió tras un abrazo el de “ella”, la inimitable, la que todos los chicos deseaban…
Un corazón cayó sobre el asfalto, derritiéndose, los ojos color lluvia se deshojaron en lágrimas que llegaron al río y el piercing voló hacia la luz de los semáforos.
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