sábado, 7 de marzo de 2009

Melodía para la pena



He pensado muchas veces en la vida, cuándo experimenté por primera vez la pena.
Sé que se trató del abandono por parte de un ser muy querido pero no quiero contar la historia porque caería en lo autobiográfico y no cumpliría el fin deseado.
La pena” se esconde detrás nuestro como una sombra; es capaz de congelar el día de verano más insoportable, puede atacar con el dolor de un aguijón y hasta matarnos en lenta agonía. Tiene muchos rostros, cuerpos, huellas digitales. Es la nota discordante de la melodía que nos apasiona y alguien desafina.

No quiero que creas si te asomás a esta página, que aquí se curará mágicamente la tuya, pero sí que al escuchamos los unos a los otros podemos lograr algo, sentirnos un poco mejor.
Dejá que caiga sobre el teclado de tu PC ese sentimiento que te convierte en un ser que desconocías, malo, sin ilusiones y te hace pensar que el mundo es peor que un campo minado; ese ácido interior que te va deshilachando día y noche el corazón sin remedio; a lo que has llegado… Miráte en el espejo, dónde estás, qué ha sido de los sueños, a qué habitación oscura y húmeda llevaste tus mejores momentos.
Que éste sea el instante justo para encontrarnos y cruzar la inmensidad virtual.
Alguien me responderá, qué puedo esperar si lo he perdido todo, si han muerto mis adorados seres; estoy enfermo, la justicia no existe.
No te permitas “el abandonarte”, luchá, que ahí está la vida esperando que la tomes de la mano.
He pasado por lo que crees nadie podría entenderte; transformó mi alma el hielo de la duda, el descreimiento fue mi compañero, cubrí mi cabeza con cenizas, y aún conservo heridas abiertas que se irán conmigo.
Animáte, llamá a otros, decíles que hay que abrir un camino en las cicatrices, que no se derramen inútilmente los días de vida que faltan, no importa cuántos, sin que nosotros mismos podamos reconocernos. No te condenes a la orfandad de sonrisas, a la derrota de los que piensan que todo ha sido consumado.
Estás vivo aunque ni vos, lo creas.
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miércoles, 25 de febrero de 2009

Piercing


Pensó en El mientras se miraba al pasar, en las vidrieras.
El piercing brillaba justo al borde de su labio inferior. Con un destello que la transportó a la felicidad de los lejanos días en que papá y mamá aún estaban juntos.
Antes de mostrarle lo bello de su piercing: largo rato quedó asombrada por los progresos en la patineta, cómo se deslizaba el chico de cabellos enrulados por la bajada de autos, con qué agilidad y gracia; tanto que hacía abrir enormes ojos de admiración y le daban ganas de abrazarlo y besarlo muchas veces.
Se quedó allí, del otro lado, en la complicidad del saberse no visible.

La tarde acariciaba la cintura suave como de peluche; se sentía segura en el pantalón de jean, la remera nueva y el cabello con aroma a shampoo.
Esperó el momento antes del encuentro experimentando la sensación de millones de mariposas en el estómago y deslizó fantasiosamente cada vello de su cuerpo por los brazos, la curva de la espalda, el hoyuelo del mentón; pensar que mientras giraba en la patineta, absorto, ni pensaba en que lo estaba observando.
Sería hermoso recostarse juntos en el césped del parque, compartir la gaseosa y que El la invitara a bailar.
Le había dicho “me gustás” cuando salían del colegio, “tenés ojos color lluvia”.
Hoy se sonrojaría de nuevo casi sin atreverse a percibir sus ojos, de caramelo, pero lo deslumbraría con el piercing; ¿Cómo sería besarse por primera vez?

El instante aquel se volvía eterno, deseaba alcanzarlo, cruzar hasta la otra orilla. Esbozó la sonrisa de un ángel, no supo dónde poner las manos y se arregló el pelo sobre la frente; pero de pronto, la bomba de Hiroshima, la tempestad más cruel, la guerra de Troya, estallaron entre los dos, separándolos irremediablemente.
A su mente volaron los peores días: la muerte de la abuela, el aplazo en matemáticas, la palabra divorcio resonándole como vidrios rotos, el precioso anillo de sus 16 años perdido en las vacaciones.
La “linda” de la escuela, para colmo en minifalda, lo enredaba entre risas y ronroneos. La patineta quedó inmóvil en un charco de sol, el hoyuelo se escondió tras un abrazo el de “ella”, la inimitable, la que todos los chicos deseaban…

Un corazón cayó sobre el asfalto, derritiéndose, los ojos color lluvia se deshojaron en lágrimas que llegaron al río y el piercing voló hacia la luz de los semáforos.
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lunes, 16 de febrero de 2009

Al agua...




Antes de partir, Gracias Macqu!!! por alentar este viaje, aceptando el desafío de cruzar mares y océanos en un frágil barquito de papel.

Aquí vamos, acompáñennos aunque sea desde la orilla, detrás de la ventana, quizás en un sueño. Alguna vez nos verás, a través de la niebla, los cántaros de la lluvia o ese párpado transparente donde es posible recuperar las imágenes de lo que creemos perdido.

Mientras dure este viaje estaremos vivos, después… caerán las estrellas.